domingo, 15 de abril de 2018

Domingo de la 4 Semana de Pascua, Año C

Domingo de la 4 Semana de Pascua, Año B

"YO DOY LA VIDA POR MIS OVEJAS"
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Sábado de la Tercera Semana de Pascua

Viernes de la Tercera Semana de Pascua

¿CÓMO PUEDE ÉSTE DARNOS A COMER SU CARNE?
Lecturas de la Misa   

Jueves de la Tercera Semana de Pascua

Miércoles de la Tercera Semana de Pascua

Martes de la Tercera Semana de Pascua

"YO SOY EL PAN DE VIDA"
Lecturas de la Misa  

Lunes de la Tercera Semana de Pascua

"TRABAJAD POR EL ALIMENTO QUE PERDURA 
HASTA LA VIDA ETERNA"

Lunes de la Cuarta Semana de Pascua

Domingo de la Tercera Semana de Pacua, Año B

¿POR QUÉ SURGEN DUDAS EN SU INTERIOR?
Lecturas de la Misa 
Comentarios: 
  Francisco González, SF  

Para comprender la PASCUA

Domingo de la 4 Semana de Pascua, Año A

LA RESURRECCIÓN EN LOS SÍMBOLOS


La fe que los cristianos de todos los tiempos han mantenido en la resurrección no ha quedado sólo cristalizada en formulaciones dogmáticas o litúrgicas. Desde los primeros momentos, los cristianos han dejado huellas de su fe en la resurrección de Jesús y en la propia en sus monumentos artísticos, particularmente en los funerarios.

Existen dos tipos de símbolos e imágenes:

     - epigráficas (inscripciones)
     - iconográficas (imágenes pintadas o esculpidas).

Las inscripciones están más cerca del mundo del mensaje escrito, aunque pintan la fe con metáforas extraordinarias. La primera imagen es la del «sueño» o la «dormición». La misma palabra «cementerio» (frente al término «necrópolis», que era el habitualmente usado en el ambiente helenista), significa dormitorio. No es una ciudad de muertos, significado del término helenístico, sino un lugar donde los vivos duermen temporalmente.

Existe otra imagen bellísima en las inscripciones: el «depósito». Se trata de una expresión tomada del mundo jurídico y económico para designar lo que uno deja en prenda hasta que vuelva a pagar una deuda. Al referir ese término al difunto los cristianos expresaban la convicción de que el cuerpo quedaba allí depositado en prenda, hasta el momento en que el propietario regrese.

Más expresivas aún son las imágenes esculpidas o pintadas. Los cristianos no crean una nueva iconografía. Simplemente toman los símbolos ya existentes en el ambiente helenístico en que vivían y les dan un nuevo significado. Son, como las definió Basilio de Cesárea, heraldos mudos, porque gritan calladamente la resurrección. Para nosotros encierran una cierta dificultad de comprensión debido a la distancia cultural, pero hay algunos significados muy evidentes.

Un primer grupo de imágenes está formado por los símbolos cíclicos de retorno. Por ejemplo, las «cuatro estaciones», que se representan con cuatro cabezas coronadas de flores, espigas, racimos de uvas y ramos de olivo, el fruto correspondiente a cada una de ellas. Otra imagen muy repetida es el «pavo real», que pierde las plumas en el invierno y las recupera en la primavera. También es frecuente la imagen, tomada de la mitología pagana, del «ave fénix». Es también un símbolo cíclico, porque muere entre las llamas para renacer después de sus propias cenizas.

Pero entre todos los símbolos cíclicos que se aplican a la resurrección quizá el más hermoso es el de «Helios, el dios sol», que revive en el alba después de la oscuridad. La mitología lo representa montado en su carro recorriendo el cielo. La Iglesia bautizó esta imagen para representar al «Cristo-Sol invicto» que aparece coronado de rayos de luz renacida.

Existe otro grupo de figuras muy expresivas. Por ejemplo, el «pastor que lleva en sus hombros una oveja». No es Cristo, porque la imagen está tomada de la mitología. Los cristianos la aceptan pensando en Cristo que salva de la muerte. Este carácter se acentúa cuando la colocan, como hacen varios sarcófagos, entre dos grandes cabezas de leones, que por su voracidad son símbolo de la muerte. Tenemos así una frase en imágenes: muerto-salvado de la muerte.

Otra imagen es la de las «puertas del Hades», que sólo se abrían para entrar y se cerraban después para siempre. A veces, este carácter dramático se acentúa poniendo cabezas de león en ellas. Entre los cristianos aparecen estas puertas, pero abiertas, o incluso rotas. Desde que Cristo volvió de la muerte, han quedado abiertas para siempre.

Autor: Mariano Sedano

lunes, 9 de abril de 2018

9 de abril: Ordenación Sacerdotal de San José Manyanet

9 de abril: Solemnidad de la Anunciación del Señor


Lecturas de la Misa

¿Por qué este año la Anunciación del Señor no se celebra el 25 de marzo?

La Iglesia celebra la Anunciación del Señor el 25 de marzo, sin embargo este 2018 este día coincide con el Domingo de Ramos y la solemnidad ha sido trasladada al 9 de abril. Esto se debe a que el año litúrgico depende de los calendarios solar y lunar. El calendario solar se utiliza para determinar la celebración de la Navidad (25 de diciembre), y de solemnidades como San Pedro y San Pablo (29 de junio), la Inmaculada Concepción (8 de diciembre), o la Anunciación del Señor (25 de marzo).

Sin embargo, se usa el calendario lunar para determinar la fecha de la Pascua. Ello hace que en ocasiones alguna fiesta o solemnidad, como el anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María, coincida con la Semana Santa; y por ello su celebración deba ser trasladada a otra fecha.

Hay una tabla de precedencias elaborada por la Iglesia para determinar qué celebración es de mayor importancia. Esta tabla a su vez está dividida en tres grupos, dentro de los cuales también hay una numeración que establece la prevalencia.

En el caso de la Anunciación y la Semana Santa, ambas están en el primer grupo. Sin embargo, la Semana Santa -que incluye el Domingo de Ramos- y los días de la Octava de Pascua tienen número 2, mientras que las solemnidades del Señor y de la Virgen María tienen el número 3. Por ello, la celebración de estas últimas deben ser trasladadas para una fecha posterior.

¿Por qué el 9 de abril? Porque otra regla de la Iglesia indica que si un año una solemnidad coincide con una celebración de mayor grado, la solemnidad debe celebrarse en el día siguiente que no esté impedido.

Por ejemplo, este 2018 la fecha en que habitualmente se celebra la Anunciación del Señor caerá en Domingo de Ramos. Por eso, deberá trasladarse al día siguiente en que no haya impedimento, que es el 9 de abril, lunes de la segunda semana de Pascua.

El camino de la Iglesia es el de la franqueza, decir las cosas con libertad, por el papa Francisco


Francisco dice que el camino de la Iglesia 
es el de la «franqueza», «decir las cosas con libertad»

El camino de la Iglesia es el de la “franqueza”, “decir las cosas, con libertad”. Estas son las palabras del papa Francisco durante la celebración matutina de la Santa Misa en la capilla de la Casa Santa Marta este lunes 13 de abril.

El Santo Padre mencionó además que, como lo experimentaron los apóstoles después de la resurrección de Jesús, solo el Espíritu Santo es capaz de cambiar nuestra actitud, la historia de nuestra vida y darnos valor.

“No podemos callar lo que hemos visto y oído”. El Pontífice desarrolló su homilía de este lunes, a partir de esta afirmación de Pedro y Juan, tomada de los Hechos de los Apóstoles, en la Primera Lectura.

El papa Francisco recordó que Pedro y Juan, después de haber realizado un milagro, habían sido encarcelados y amenazados por los sacerdotes para que no hablasen más en el nombre de Jesús, pero ellos siguen adelante y cuando vuelven donde los hermanos les animan a proclamar la Palabra de Dios “con franqueza”. Y, piden al Señor para que dirija “la mirada a sus amenazas” y conceda “a sus siervos” que “no huyan”, “para proclamar con toda franqueza” su Palabra.

“También hoy el mensaje de la Iglesia es el mensaje del camino de la franqueza, del camino del valor cristiano. Estos dos, sencillos --como dice la Biblia-- sin formación, tuvieron el valor. Una palabra que puede traducirse como ´valor´, ´franqueza´, ´libertad para hablar´, ´no tener miedo de decir las cosas´... Es una palabra que tiene muchos significados, en el original. La parresía, aquella franqueza... Y del temor pasaron a la ´franqueza´, a decir las cosas con libertad”.

A continuación, el Santo Padre reflexionó sobre el pasaje del Evangelio de hoy que narra el diálogo “un poco misterioso entre Jesús y Nicodemo”, sobre el “segundo nacimiento”, sobre “tener una vida nueva, diferente de la primera”.

El Pontífice subrayó que también en esta historia, “en este itinerario de la franqueza”, el “verdadero protagonista” es “precisamente el Espíritu Santo”, "porque Él es el único capaz de darnos esta gracia de la valentía de anunciar a Jesucristo”.

"Y esta valentía del anuncio es lo que nos distingue del simple proselitismo. Nosotros no hacemos publicidad para tener más ´socios´ en nuestra ´sociedad espiritual´, ¿no? Esto no sirve. No sirve, no es cristiano. Lo que el cristiano hace es anunciar con valentía y el anuncio de Jesucristo provoca, a través del Espíritu Santo, el asombro que nos hace avanzar”.

El verdadero protagonista de todo esto, insistió, es el Espíritu Santo. Cuando Jesús habla de “nacer de nuevo”, dijo, nos hace entender que es “el Espíritu el que nos cambia, el que viene de cualquier parte, como el viento: escuchemos su voz”. Y, prosiguió, “solo el Espíritu es capaz de cambiar nuestra actitud”, de “cambiar la historia de nuestra vida, cambiar nuestra pertenencia”.

Es el Espíritu, recordó, el que “da esta fuerza a estos hombres sencillos y sin formación”, como Pedro y Juan, “esta fuerza para anunciar a Jesucristo hasta el testimonio último: el martirio”.

“El camino del valor cristiano es una gracia que da el Espíritu Santo. Hay tantos caminos que podemos tomar, que también nos dan una cierta valentía. ´¡Pero mira que valiente, la decisión que tomó! Y mira este, mira como hizo bien este plan, como organizó las cosas, ¡que bueno!´: Esto ayuda, pero es un instrumento de otra cosa más grande: el Espíritu. Si no hay el Espíritu, podemos hacer tantas cosas, tanto trabajo, pero no sirve de nada”.

La Iglesia, añadió el papa Francisco, después de Pascua “nos prepara para recibir al Espíritu Santo”. Para ello, fue su exhortación final, ahora, “en la celebración del misterio de la muerte y resurrección de Jesús, podemos recordar toda la historia de la salvación” y “pedir la gracia para recibir el Espíritu para que nos dé la verdadera valentía de anunciar a Jesucristo”.

Fuente: religionenlibertad.com

Lunes de la Segunda Semana de Pascua

DIÁLOGO CON NICODEMO

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lunes, 2 de abril de 2018

Mateo 28,8-15: Aparición de Jesús a las mujeres

Mateo 28,8-15
Lunes de la Octava Pascua

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.»  Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.  Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.» Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

SOBRE EL MISMO TEMA:
Sobre la aparición de Jesús a las mujeres:
  Aparición de Jesús a las mujeres 
  Dos encuentros diferentes
Sobre la Octava de Pascua: 
  La gran fiesta cristiana
Sobre los hermanos de Jesús: 
  Los hermanos de Jesús
  Sobre los hermanos de Jesús 

Mateo 28,8-15: Aparición a las mujeres

Mateo 28,8-15   

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.»  Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.  Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.» Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

— Aparición a las mujeres

Mateo ha recogido, para refutarla, la presencia de guardias en la tumba de Jesús. Eso explica algunas diferencias respecto a los otros evangelios. Dado que el sepulcro está sellado y vigilado, las mujeres se acercan simplemente a verlo. La presencia de la guardia implica que encuentren el sepulcro todavía cerrado y que se abra por la intervención sobrenatural de un ángel. El evangelista se burla de los guardias: los que estaban encargados de custodiar a un muerto y de intimidar a eventuales ladrones se quedan como muertos de miedo (v. 4).

Las mujeres, en cambio, no deben temer, porque ellas buscan a Jesús. Su fidelidad al Maestro en la hora del dolor (27,55.61) obtiene un anuncio sorprendente: «No está aquí, ha resucitado» (v. 6). Se las invita a constatar que el sepulcro está vacío: de este modo se convierten en testigos autorizados precisamente las mujeres, cuyo testimonio no era considerado válido en el mundo judío.

La secuencia de los verbos y de los adverbios (vv 6b-7) expresa la urgencia de la misión confiada a las discípulas, que la acogen con una entrega total. La gran alegría que las anima se multiplica cuando el Resucitado en persona es quien la otorga, saliéndoles al encuentro.

La carrera de las mujeres se detiene a los pies de Jesús. El mismo Señor les repite las palabras tranquilizadoras: «No temáis», y les confirma la tarea del anuncio a aquellos a los que llama «mis hermanos». La carrera de la palabra vuelve a partir para suscitar la fe, pero, al mismo tiempo, se difunde la calumnia de la incredulidad: a la primera la impulsa la alegría, mientras que la segunda pone en ridículo a sus mismos autores (vv. 11-15).

Alborear del primer día después del sábado, alborear de una creación nueva: Jesús ha realizado en la tierra la obra que el Padre le encomendó (cf. Jn 17,4), y en el séptimo día reposó en el seno de la misma tierra para preparar su transfiguración desde dentro. Sin embargo, no todos son capaces de captar lo que está sucediendo, puesto que sólo la fe y el amor iluminan la mirada interior. Los guardias del sepulcro ven también la intervención sobrenatural; sin embargo, quedan presos, primero, del terror y, después, de la avidez y de la mentira.

En cambio, ¡cuánta luz inunda el corazón de las discípulas de Jesús, mujeres humildes. En la oscuridad del sepulcro vacío se enciende la antorcha de su fe, que de inmediato se vuelve misión, camino hacia los hermanos. Tampoco faltan nunca, en la vida, las noches de la ausencia o incluso de la «muerte de Dios», cuando la esperanza parece verdaderamente sepultada bajo la decepción, bajo los repetidos fracasos. Sin embargo, el Señor prepara en esa oscuridad nuestra misma resurrección, la nueva criatura muerta al pecado y viva para Dios.

Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle (cf. 27,55) no renuncian a seguirle y a servirle también cuando, con su muerte, todo parece acabado. Por su perseverancia y entrega las espera el Resucitado; también nos espera a nosotros, precisamente allí donde son más densas las tinieblas, para introducirnos en su misterio pascual. Allí donde nosotros ya no esperaríamos nada, Cristo nos ha preparado la alegría de un encuentro para hacernos verdaderos discípulos suyos y enviarnos, en su nombre, a nuestros hermanos.

PASCUA: La gran fiesta cristiana


Socialmente las celebraciones de Semana Santa terminan el mismo domingo de Pascua, en que se apagan los cirios de los pasos y callan las trompetas y los tambores de las procesiones. Está claro que vivimos más un cristianismo de Viernes Santo que de Domingo de Resurrección, es decir, más doloroso que jubiloso.

Sin embargo, la culminación de todas las celebraciones y “la fiesta de las fiestas” es la Vigilia Pascual. Las primeras comunidades cristianas la prolongaban durante toda la noche hasta que asomaba el sol por el horizonte, al que aclamaban como símbolo de Cristo, vencedor con su resurrección del pecado y de la muerte.

La Octava de Pascua

En la Vigilia Pascual tenía lugar la solemne celebración del bautismo de los catecúmenos. Los recién bautizados llevaban durante toda la semana túnicas blancas en señal de fiesta grande. La relevancia litúrgica responde a la teológica, y ha de ser la clave de la espiritualidad del cristiano. Estamos en el corazón mismo del misterio cristiano.

Hay comunidades cristianas que han recuperado esta celebración jubilosa y larga. Si los cincuenta días del tiempo pascual constituyen una sola y única fiesta, un “gran domingo”, según san Atanasio, la primera semana, la “octava”, goza de gran relieve, de modo que no se permite ninguna otra celebración.

Y es que la resurrección de Jesús no es un acontecimiento que le afecte únicamente a él, como si se tratara de la coronación de un héroe. En Jesús de Nazaret hemos resucitado todos pues somos un solo cuerpo (1 Co 15,23; 12,13). Él es la clave para entender al hombre y la historia; con él, la revelación llega a su plenitud y nace el hombre nuevo.

Por eso el anuncio (kerigma) de los apóstoles consistió en proclamar: “A Jesús lo crucificasteis y lo matasteis; Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hch 2,22-24). La pascua de Cristo nos señala el camino: “Si morimos con él, como el grano de trigo, entregando la vida, viviremos con él acumulando la vida que entregamos (2 Tm 2,11; Jn 12,24).

El Señor está con nosotros

Jesús, al resucitar, no ha emigrado a una lejana galaxia sino que ha iniciado una nueva forma de presencia espiritual que no está condicionada por las categorías de tiempo y espacio, y que por ello es omnipresencia (Mt 28,20).

La Pascua es celebración de esta presencia de Jesús resucitado y de su Espíritu entre nosotros. Éste es el sentido de los relatos pascuales, en los que se muestra a Cristo compartiendo con los suyos Palabra y Pan (Lc 24,30-32), pan y peces (Jn 21,13). Por eso Marcos levanta acta: “El Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales” (Mc 16,20).

Él se manifiesta en los sacramentos y en el hermano, pero sólo se le descubre con mirada de fe. Por eso, el espíritu pascual es para todo año. La auténtica espiritualidad cristiana es pascual, siempre más gozosa y más dinamizadora. Brota de la presencia del Resucitado, que infunde alegría y confianza.

Jesús se nos manifiesta para que lo anunciemos. Él constituye a las mujeres amigas en testigos, aun cuando eran recusadas para tal función por el derecho judío: “Id a anunciar a mis hermanos”. Todo encuentro con el Señor es una misión.

Contraste con la comunidad judía

Los testigos se encuentran con el Resucitado pero no saben cómo ha ocurrido información. Se trata de un acontecimiento sobrenatural, admisible desde la fe y por los signos de la fe. Para los que cierran el corazón a ella, la resurrección queda en el terreno de la leyenda. Es el caso de muchos judíos.

En el momento en que Mateo escribe su evangelio continúa el acoso de la sinagoga a las comunidades cristianas. La existencia de la comunidad de Jerusalén y su predicación eran una denuncia constante contra las autoridades judías porque significaba que ya había tenido lugar la definitiva intervención de Dios en la historia y habían comenzado los tiempos últimos.

Que los judíos siguiesen esperando todo esto para el futuro estaba, por tanto, fuera de lugar. Ellos habían perdido su razón de ser y debían convertirse a la nueva realidad. En lugar de hacerlo, divulgan la calumnia de que los discípulos habían desaparecido el cadáver de Jesús. El relato de Mateo es la respuesta a la calumnia.

Mateo 28,8-15: La gran fiesta cristiana

Mateo 28,8-15 

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.»  Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.  Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.» Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

— La gran fiesta cristiana

Socialmente las celebraciones de Semana Santa terminan el mismo domingo de Pascua, en que se apagan los cirios de los pasos y callan las trompetas y los tambores de las procesiones. Está claro que vivimos más un cristianismo de Viernes Santo que de Domingo de Resurrección, es decir, más doloroso que jubiloso.

Sin embargo, la culminación de todas las celebraciones y “la fiesta de las fiestas” es la Vigilia Pascual. Las primeras comunidades cristianas la prolongaban durante toda la noche hasta que asomaba el sol por el horizonte, al que aclamaban como símbolo de Cristo, vencedor con su resurrección del pecado y de la muerte.

La Octava de Pascua

En la Vigilia Pascual tenía lugar la solemne celebración del bautismo de los catecúmenos. Los recién bautizados llevaban durante toda la semana túnicas blancas en señal de fiesta grande. La relevancia litúrgica responde a la teológica, y ha de ser la clave de la espiritualidad del cristiano. Estamos en el corazón mismo del misterio cristiano.

Hay comunidades cristianas que han recuperado esta celebración jubilosa y larga. Si los cincuenta días del tiempo pascual constituyen una sola y única fiesta, un “gran domingo”, según san Atanasio, la primera semana, la “octava”, goza de gran relieve, de modo que no se permite ninguna otra celebración.

Y es que la resurrección de Jesús no es un acontecimiento que le afecte únicamente a él, como si se tratara de la coronación de un héroe. En Jesús de Nazaret hemos resucitado todos pues somos un solo cuerpo (1 Co 15,23; 12,13). Él es la clave para entender al hombre y la historia; con él, la revelación llega a su plenitud y nace el hombre nuevo.

Por eso el anuncio (kerigma) de los apóstoles consistió en proclamar: “A Jesús lo crucificasteis y lo matasteis; Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hch 2,22-24). La pascua de Cristo nos señala el camino: “Si morimos con él, como el grano de trigo, entregando la vida, viviremos con él acumulando la vida que entregamos (2 Tm 2,11; Jn 12,24).

El Señor está con nosotros

Jesús, al resucitar, no ha emigrado a una lejana galaxia sino que ha iniciado una nueva forma de presencia espiritual que no está condicionada por las categorías de tiempo y espacio, y que por ello es omnipresencia (Mt 28,20).

La Pascua es celebración de esta presencia de Jesús resucitado y de su Espíritu entre nosotros. Éste es el sentido de los relatos pascuales, en los que se muestra a Cristo compartiendo con los suyos Palabra y Pan (Lc 24,30-32), pan y peces (Jn 21,13). Por eso Marcos levanta acta: “El Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales” (Mc 16,20).

Él se manifiesta en los sacramentos y en el hermano, pero sólo se le descubre con mirada de fe. Por eso, el espíritu pascual es para todo año. La auténtica espiritualidad cristiana es pascual, siempre más gozosa y más dinamizadora. Brota de la presencia del Resucitado, que infunde alegría y confianza.

Jesús se nos manifiesta para que lo anunciemos. Él constituye a las mujeres amigas en testigos, aun cuando eran recusadas para tal función por el derecho judío: “Id a anunciar a mis hermanos”. Todo encuentro con el Señor es una misión.

Contraste con la comunidad judía

Los testigos se encuentran con el Resucitado pero no saben cómo ha ocurrido información. Se trata de un acontecimiento sobrenatural, admisible desde la fe y por los signos de la fe. Para los que cierran el corazón a ella, la resurrección queda en el terreno de la leyenda. Es el caso de muchos judíos.

En el momento en que Mateo escribe su evangelio continúa el acoso de la sinagoga a las comunidades cristianas. La existencia de la comunidad de Jerusalén y su predicación eran una denuncia constante contra las autoridades judías porque significaba que ya había tenido lugar la definitiva intervención de Dios en la historia y habían comenzado los tiempos últimos.

Que los judíos siguiesen esperando todo esto para el futuro estaba, por tanto, fuera de lugar. Ellos habían perdido su razón de ser y debían convertirse a la nueva realidad. En lugar de hacerlo, divulgan la calumnia de que los discípulos habían desaparecido el cadáver de Jesús. El relato de Mateo es la respuesta a la calumnia.

Lunes de la Octava de Pascua

Mateo 28,8-15: Dos encuentros diferentes

Mateo 28,8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.»  Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.  Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.» Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

— Dos encuentro diferentes

El pasaje bíblico narra dos encuentros diferentes: el primero, entre Jesús y las mujeres, cuando éstas iban de camino para llevar el mensaje de la resurrección a los discípulos (vv 8-10); el segundo, entre los sumos sacerdotes y los guardianes del sepulcro (vv. 11-15).

El hecho central sigue siendo la tumba vacía, y, sobre ésta, Mateo nos ofrece dos posibles interpretaciones: o bien Jesús ha resucitado, o bien ha sido robado por sus discípulos. Al lector le corresponde la elección, que no es, ciertamente, la de la mentira organizada por los sumos sacerdotes, sino la del testimonio dado por las mujeres. A ellas les dice Jesús: “Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (v 10).

No es difícil ver en el texto el trasfondo de una polémica entre los jefes del pueblo y los discípulos de Jesús en torno a la resurrección de Jesús. Mateo escribió su evangelio cuando todavía estaba vivo el contraste entre la comunidad cristiana del siglo I y las autoridades judías, que rechazan a Jesús como Mesías, esperando a otro salvador.

La resurrección será siempre un signo de contradicción para todos: para los que están abiertos a la fe y al amor, es fuente de vida y salvación; para los que la rechazan, se vuelve motivo de juicio y condena.

“Vosotros le matasteis, pero Dios le ha resucitado”

Esta es la primera predicación apostólica. Pedro y la Iglesia existen para repetir a lo largo de los siglos este anuncio. Un anuncio sorprendente, aunque no de una idea, sino de un hecho que contiene toda la dimensión negativa de la historia y toda la dimensión positiva de la voluntad de Dios, mostrando el poder destructivo de la maldad humana y el poder de reconstrucción de la bondad ilimitada de Dios.

Soy apóstol en la medida en que anuncio esta realidad, me siento identificado con este anuncio, tengo el valor de descubrir y de repetir, en las mil formas diferentes de la vida diaria, que el mal ha sido vencido y que será vencido, que el amor es más fuerte que el odio, que no hay tinieblas que no puedan ser vencidas por el poder de Dios, porque Cristo ha resucitado.

Soy apóstol si anuncio la resurrección de Cristo con mi boca, con una actitud positiva hacia la vida, con el optimismo de quien sabe que el Padre quiere liberarme también a mí, también a nosotros, “de las ataduras de la muerte”. 

domingo, 1 de abril de 2018

Sábado de la Octava de Pascua

Viernes de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

Segundo DOMINGO DE PASCUA, Año C

Segundo DOMINGO DE PASCUA. Año A


Lecturas de la Misa 
Comentarios: 
  Francisco González SF y 2  

Segundo DOMINGO DE RESURRECCIÓN o DOMINGO DE LA MISERICORDIA, Año B

La resurrección de Jesús, ¿es un hecho o un mito?


La Pascua es la fiesta central de la cristiandad. No hay otra celebración más importante dentro del calendario litúrgico. La palabra «Pascua» viene del idioma hebreo (pesáh) y del griego (pascha) y significa justamente «paso»; el «paso» de Jesús de la muerte a la vida.

Ese hecho «sucedido en la historia y al mismo tiempo un misterio de fe» es el centro de la vida cristiana. Así lo explica el profesor César Izquierdo, vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, en una entrevista para aclarar que hay de mito y realidad en la resurrección de Jesús.

P. La resurrección de Jesús, ¿es un hecho o un mito?
R. La resurrección de Jesús es un hecho acaecido en la historia y en nuestro mundo. No es, por tanto, un mito que solo tiene una relación simbólica con la existencia humana, como afirmó Bultmann el siglo pasado, y siguen afirmando, con matices distintos, autores contemporáneos. Pero la resurrección de Jesús no fue una vuelta a su anterior existencia humana, como había sucedido con Lázaro que, resucitado por Jesucristo, volvió a la vida y posteriormente moriría definitivamente. Jesús resucitó con su cuerpo pero a una vida no ya de este mundo, sino en Dios. Así realizó en él lo que sucederá al final del tiempo a todos los hombres.

P. ¿Qué pruebas hay de que Jesús realmente resucitó?
R. La resurrección es un hecho sucedido en la historia y al mismo tiempo es un misterio de fe. Las «pruebas» de la resurrección son, en primer lugar, el valiente testimonio de los testigos, avalado por el sepulcro vacío en el que ya no estaba el cadáver de Jesús, y por las apariciones del Resucitado. Los testigos que afirmaban haberse encontrado con Jesús resucitado eran los mismos que lo habían abandonado por miedo durante la pasión. Como dice Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazaret, «algo debió pasar» para que los apóstoles, que habían huido cobardemente de Jerusalén durante la pasión de Jesús, volvieran a los pocos días llenos de ardor a predicar que Cristo había resucitado; lo que pasó fue que el que había muerto en la cruz, resucitó. El testimonio de los apóstoles y de las mujeres que permanecieron fieles durante la pasión es coherente con el sepulcro vacío, sin el cual la resurrección carecería de objeto. A su vez las apariciones dan a conocer lo que había sucedido con el cuerpo de Jesús. El sepulcro vacío y las apariciones se implican mutuamente, y muestran que el testimonio apostólico, que afirma que Jesucristo resucitó verdaderamente, cuenta con un fundamento sólido.

P. ¿Qué ocurre después de que Jesús dejase la sepultura?
R. Después de resucitado, Jesús no está sometido a las leyes del espacio y tiempo como durante su vida mortal. Está cercano a los hombres, como lo muestran las apariciones a los discípulos (en una ocasión «a más de quinientos hermanos» afirma san Pablo), pero no está disponible en un «aquí» determinado. Hasta la Ascensión, el Señor hace notar que está cerca de los discípulos, pero se muestra cuando y donde lo desea para fortalecer su fe.

P. La resurrección de Jesús coincide cronológicamente con la celebración de la Pascua. Es decir, ¿era domingo cuando se produjo la resurrección? 
R. Jesús resucitó al tercer día, como afirma las Escrituras. Es decir, murió el día anterior al sábado de la Pascua judía, estuvo en el sepulcro ese sábado y resucitó al día siguiente. Entonces ese día no se llamaba domingo, sino el primer día después del sábado. Precisamente la palabra «domingo» viene del modo en que los primeros cristianos lo llamaron: el dies Domini, es decir, el día del Señor, el día de la resurrección de Jesús. La Pascua judía generalmente coincide con el plenilunio de primavera, que puede caer cualquier día de la semana. Los cristianos, en cambio, siempre celebran la Pascua el domingo siguiente al plenilunio después de primavera (por tanto, después del 21 de marzo).

P. ¿Creen los cristianos realmente que Jesús resucitó de entre los muertos?
R. La fe en la resurrección de Cristo es el centro de la fe cristiana. Subraya además un aspecto clave de esa fe que consiste en tomar en serio la encarnación. Cristo no es una idea o prototipo espiritual que sirve de inspiración para las diversas experiencias humanas; también es eso, pero sobre todo es el Hijo de Dios hecho hombre, el Mediador entre Dios y los hombres. Del mismo modo, la resurrección de Jesús no es una simple imagen aceptable para un espiritualismo desencarnado, sino un hecho que afecta esencialmente al cuerpo de Jesús que vence a la muerte y vive en la unidad personal de Jesucristo, muerto y resucitado. Porque Cristo ha resucitado, nuestra fe es firme y aparece atestiguada por el mismo Dios. La resurrección del Señor es lo que garantiza que su enseñanza, su vida, su amor a los hombres, no era algo simplemente humano, por muy ejemplar y heroico que se pudiera considerar, sino que respondía a la presencia misma de Dios entre los hombres. Con su resurrección, Jesucristo confirma que es el Hijo de Dios hecho hombre. San Pablo dejó escrito algo que los cristianos comprendemos muy bien: si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres.

P. ¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?
R. La resurrección de Jesús no tiene una explicación natural, sino que es un puro don, una gracia radical. Así como los acontecimientos humanos se preparan con lo que ocurre antes y se puede saber más o menos lo que va a suceder, no pasa lo mismo con la resurrección del Señor. Humanamente, todo terminó con la muerte de Jesús en la Cruz. La resurrección es un hecho completamente nuevo, impredecible para los hombres aunque Cristo lo había anunciado, junto con su pasión. Mirando las cosas con atención, se ve sin embargo que, aunque nosotros no podemos explicar la resurrección porque es como una nueva creación, en cambio la resurrección lo explica todo: la vida, la muerte, el dolor, el perdón y la misericordia de Dios, la libertad y la responsabilidad humanas, la fidelidad a Dios y la entrega a los hermanos… Por la resurrección de Cristo, el cristiano solo puede mirar a la vida y a la muerte con optimismo y esperanza. Todos estamos llamados a unirnos a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado.

P. ¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús? 
R. Del robo del cuerpo de Jesús ya se habla en el evangelio de san Mateo, cuando los jefes del pueblo aconsejaron a los soldados que habían sido testigos de los signos de la resurrección que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. Así que esa posibilidad es vieja, aunque algunos la han seguido renovando en relatos fantasiosos sobre la vida de Cristo. Nadie puede pensar seriamente que un engaño de ese tipo hubiera podido perdurar. En todo caso, las apariciones del Señor muestran que el cuerpo de Jesús no podía estar en ningún otro lugar que donde estaba él mismo. Finalmente, no es pensable que los discípulos de Cristo estuvieran dispuestos a dar su vida, y la dieran de hecho, por un engaño fabricado por ellos mismos. Si la dieron es porque sabían que verdaderamente Jesús de Nazaret, que había entregado su vida voluntariamente por amor a los hombres, había resucitado y seguía siendo el Señor.

PASCUA: Liturgia

Durante el tiempo pascual, la Iglesia Universal se une en la oración del Regina Coeli o Reina del Cielo


El rezo de la antífona de Regina Coeli fue establecida por el papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual, desde la celebración de la resurrección hasta el día de Pentecostés, al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.

De la misma manera que el Ángelus, el Regina Coeli se reza tres veces al día, al amanecer, al mediodía y al atardecer como una manera de consagrar su día a Dios y la Virgen María.

No se conoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los frailes menores franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.

La oración:

G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.
T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.
T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos:

Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. (tres veces)

— Reina del Cielo

Las palabras de apertura del himno pascual de la Santísima Virgen, es la recitación prescrita en el Breviario romano de las Completas del sábado Santo hasta la hora nona del sábado después de Pentecostés inclusive. Este himno es para ser cantado en coro y de pie:

Regina coeli laetare, Alleluia,
Quia quem meruisti portare. Alleluia,
Resurrexit, Sicut dixit, Alleluia.
Ora pro nobis Deum. Alleluia.

El aleluya sirve como un estribillo.

De autor desconocido el himno se remonta al siglo 12. Era repetido por los Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo.

Fue incorporado a la oficina de curia Romana-Minorista junto a otros himnos marianos. El cual por la actividad de los Franciscanos se popularizó muy pronto en todas partes. Y por orden de Nicolas III (1277-1280) reemplazó los libros mas viejos de oficina en todas las iglesias de Roma.

El Regina Coeli toma el lugar del Angelus durante el tiempo Pascual. El autor de Regina Coeli es desconocido pero la leyenda dice que San Gregorio el Grande (d.604) escuchó las tres primeras líneas cantadas por ángeles cierta mañana pascual en Roma mientras caminaba decalzo en una gran procesión religiosa y que el Santo agregó con eso la cuarta línea: favorables nobis Deum del "Ora. Alleluia".

Fuente: aciprensa.com

Primer DOMINGO DE RESURRECCIÓN

sábado, 31 de marzo de 2018

LA VIGILIA PASCUAL


Lecturas de la Misa
Año A  Año B  Año C

+ SOBRE LA PASCUA  

LECTURAS DE LA VIGILIA PASCUAL, B

O bien, cuando hay bautizos:
Is 12,2-3,4bcd.5-6
O bien:
Salmo 50,12-13.14-15.18-19 

OCTAVA LECTURA
Romanos 6, 3-11
Salmo 117, 1-2.16-17.22-23

NOVENA LECTURA (Evangelio, año B)
Marcos 16,1-7

Isaías 12,2-3,4bcd.5-6

Vigilia Pascual 

Isaías 12,2-3,4bcd.5-6
R. Sacarán agua con gozo de la fuente de la salvación

El Señor es mi Dios y salvador,
con él estoy seguro y nada temo.
El Señor es mi protección y mi fuerza
y ha sido mi salvación.
Sacarán agua con gozo
de la fuente de salvación.
R. Sacarán agua con gozo de la fuente de la salvación

Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es sublime.
R. Sacarán agua con gozo de la fuente de la salvación

Alaben al Señor por sus proezas,
anúncienlas a toda la tierra.
Griten jubilosos, habitantes de Sión,
porque el Dios de Israel
ha sido grande con ustedes.
R. Sacarán agua con gozo de la fuente de la salvación