sábado, 8 de abril de 2023

La gran fiesta cristiana de la Pascua


Socialmente las celebraciones de Semana Santa terminan el mismo domingo de Pascua, en que se apagan los cirios de los pasos y callan las trompetas y los tambores de las procesiones. Está claro que vivimos más un cristianismo de Viernes Santo que de Domingo de Resurrección, es decir, más doloroso que jubiloso. Sin embargo, la culminación de todas las celebraciones y “la fiesta de las fiestas” es la Vigilia Pascual. Las primeras comunidades cristianas la prolongaban durante toda la noche hasta que asomaba el sol por el horizonte, al que aclamaban como símbolo de Cristo, vencedor con su resurrección del pecado y de la muerte.

La Octava de Pascua

En la Vigilia Pascual tenía lugar la solemne celebración del bautismo de los catecúmenos. Los recién bautizados llevaban durante toda la semana túnicas blancas en señal de fiesta grande. La relevancia litúrgica responde a la teológica, y ha de ser la clave de la espiritualidad del cristiano. Estamos en el corazón mismo del misterio cristiano.

Hay comunidades cristianas que han recuperado esta celebración jubilosa y larga. Si los cincuenta días del tiempo pascual constituyen una sola y única fiesta, un “gran domingo”, según san Atanasio, la primera semana, la “octava”, goza de gran relieve, de modo que no se permite ninguna otra celebración.

Y es que la resurrección de Jesús no es un acontecimiento que le afecte únicamente a él, como si se tratara de la coronación de un héroe. En Jesús de Nazaret hemos resucitado todos pues somos un solo cuerpo (1 Co 15,23; 12,13). Él es la clave para entender al hombre y la historia; con él, la revelación llega a su plenitud y nace el hombre nuevo.

Por eso el anuncio (kerigma) de los apóstoles consistió en proclamar: “A Jesús lo crucificasteis y lo matasteis; Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte” (Hch 2,22-24). La pascua de Cristo nos señala el camino: “Si morimos con él, como el grano de trigo, entregando la vida, viviremos con él acumulando la vida que entregamos (2 Tm 2,11; Jn 12,24).

El Señor está con nosotros

Jesús, al resucitar, no ha emigrado a una lejana galaxia sino que ha iniciado una nueva forma de presencia espiritual que no está condicionada por las categorías de tiempo y espacio, y que por ello es omnipresencia (Mt 28,20).

La Pascua es celebración de esta presencia de Jesús resucitado y de su Espíritu entre nosotros. Éste es el sentido de los relatos pascuales, en los que se muestra a Cristo compartiendo con los suyos Palabra y Pan (Lc 24,30-32), pan y peces (Jn 21,13). Por eso Marcos levanta acta: “El Señor cooperaba confirmando el mensaje con las señales” (Mc 16,20).

Él se manifiesta en los sacramentos y en el hermano, pero sólo se le descubre con mirada de fe. Por eso, el espíritu pascual es para todo año. La auténtica espiritualidad cristiana es pascual, siempre más gozosa y más dinamizadora. Brota de la presencia del Resucitado, que infunde alegría y confianza.

Jesús se nos manifiesta para que lo anunciemos. Él constituye a las mujeres amigas en testigos, aun cuando eran recusadas para tal función por el derecho judío: “Id a anunciar a mis hermanos”. Todo encuentro con el Señor es una misión.

Contraste con la comunidad judía

Los testigos se encuentran con el Resucitado pero no terminan de comprender lo que ha ocurrido. Se trata de un acontecimiento sobrenatural, admisible desde la fe y por los signos de la fe. Para los que cierran el corazón a ella, la resurrección queda en el terreno de la leyenda. Es el caso de muchos judíos.

En el momento en que Mateo escribe su evangelio continúa el acoso de la sinagoga a las comunidades cristianas. La existencia de la comunidad de Jerusalén y su predicación eran una denuncia constante contra las autoridades judías porque significaba que ya había tenido lugar la definitiva intervención de Dios en la historia y habían comenzado los tiempos últimos.

Que los judíos siguiesen esperando todo esto para el futuro estaba, por tanto, fuera de lugar. Ellos habían perdido su razón de ser y debían convertirse a la nueva realidad. En lugar de hacerlo, divulgan la calumnia de que los discípulos habían desaparecido el cadáver de Jesús. El relato de Mateo es la respuesta a la calumnia.

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